sábado, 30 de junio de 2012

Jugando con las tijeras

Planteémonos así, y no de la manera políticamente correcta; "políticamente", que irónico. Imagináos la típica familia: padre, madre y dos hijos, un niño y una niña. Bien, el padre y la madre tienen que cuidar de ellos, como debe ser. Son felices. Les encanta ir de compras, viajar y conversar entre ellos a la hora de la cena. Todo empieza cuando en estas conversaciones deja de haber transparencia, y a los pequeños se les oculta información. Las cosas transcurren con normalidad y ellos, los niños no se dan cuenta. La madre de pronto comienza a aficionarse a un lujo que prácticamente no puede mantener. Se hace amante de los vestidos de Channel, los zapatos de Loboutin y los coches caros. Fuma el tabaco más caro que halla, y mancha los filtros con pintalabios de precios asombrosos. Por supuesto, todo ello acompañado del mejor de los vinos. Por su parte, el marido, también se da buenos lujos. Aunque prefiere los puros, comparte con su mujer la aficción de viajar en bussines. Suele quedar con sus amigos para jugar al golf, apostar al póker y asistir a las mejores fiestas con el más caro Armani. Ya que está derrochador, decide invitar a todos sus amigos a una gran fiesta en su mansión, pero se da cuenta de que el dinero empieza a escasear. Se da cuenta de que sus hijos tienen trabajo y les pide un pequeño préstamo. Ellos se lo dan sin pensárselo dos veces, es papá y podemos confiar en él. Resulta que los gastos se hacen cada vez más grandes. Parece como si de pronto saliesen de su burbuja y se diesen cuenta de que todo lo que han adquirido, lo que han cultivado, no lo pueden mantener. No quieren perder el lujo y continúan pidiéndole préstamos a los hijos. Ellos, ya con el ceño fruncido y algo mosqueados, se lo dan con mera confianza. La situación continúa así durante años, pero es demasiado doloroso echar a perder la vida lujosa y desenfrenada.

El sueldo de los hijos comienza a escasear cada día más. Tienen que cocinar todos los días, pero la falta de dinero supone la escasez de alimentos. Les cuesta mantener la casa en pie mientras los padres siguen derrochando. Es como si no les importase nada de lo que pasa a su alrededor. Luego son despedidos de su casa porque para los padres mantener a dos niños es demasiado, y no les da para derrochar todo lo que les gustaría. Los niños se independizan y comienzan a buscarse la vida, pero no pueden abandonar a sus propios padres. Se sienten culpables y abandonan la universidad y el colegio, para poder trabajar más horas y mantener a los verdaderos causantes de la crisis que aborda su casa. 

Definitivamente se dan cuenta de que están jodidos, atados de pies y manos, arruinados, y manteniendo el derroche de unos padres que solo se miran el ombligo.

¿De verdad tenemos que pagar el derroche ajeno?



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