jueves, 21 de marzo de 2013

Los fantasmas de Orwell


George Orwell, es el seudónimo que empleaba Eric Arthur Blair cuando la represión y la censura le impedían ejercer su trabajo como crítico novelista y literario, y periodista. Fue un gran libertario que alzó la voz en contra de las dictaduras tanto estalinistas como del nazismo, y que se enfrentó contra el imperialismo británico. Claro está, que todo fue siempre en nombre de la palabra.
En el texto que nos ocupa, Chomsky, un conocido y aclamado lingüista, habla del “efecto Orwell”, y con ello se refiere totalmente a la libertad y democracia en la palabra. Para ello, nos propone una serie de ejemplos, donde Estados Unidos y la Unión Soviética son los principales protagonistas. Este es el punto criticado. Pero, ¿por qué? Bien, aquí es cuando debemos empezar a hablar de la verdadera <<democracia del texto>>.
Para saber cómo hemos llegado al punto de perder, incluso, la democracia en los textos, tendremos que hablar de la neolengua. Este concepto aparece en una de las novelas de Orwell, Los principios de la neolengua, donde se explica el funcionamiento de la misma. Y la realidad, es que aunque este texto se publicase en 1984, podríamos perfectamente aplicarlo a nuestros días. Esto es, porque los textos actuales, sobre todo periodísticos, siguen empleando esta técnica para que ni siquiera los hablantes consigan entender su propia lengua escrita. En cambio, el empleo del arte de la neolengua no es sencillo, ya que afecta al texto por completo y cualquier resquicio, podría provocar que el pueblo pensase. Cabe mencionar, que cuando hablamos de pueblo, nos referimos a los afectados por la neolengua, aquellos que deberían conocer la verdad pero no pueden porque ésta se encuentra totalmente maquillada. Y esto es lo que hace la neolengua, se transforma en una versión simplificada de la lengua y se convierte en uno de los pilares básicos de aquellos que se sitúan en la cima de la pirámide, digamos, los que controlan. De esta forma, los usuarios que emplean la vieja lengua, la de todos, no comprenderían esta neolengua y así, los estamentos superiores tienen el poder de controlar sus mentes. Por ejemplo, si yo soy el gobierno y no quiero que el pueblo conozca el significado de la libertad, eliminaré todas las connotaciones que puedan ser favorables al pueblo, pero perjudiciales para mí. Ya que si soy un gobierno autoritario, me interesa manejar las mentes, y no que estas piensen y empiecen a maquinar revoluciones contra mi gobierno. Una vez llevado a cabo este proceso, la libertad política, intelectual y la mente de los hablantes, se esfuman.
Sin embargo, la pregunta que ocupa tanto a los intelectuales, periodistas, escritores o personas con moral y ética, es: ¿cómo funciona la neolengua?, ¿cómo podemos identificarla? Y la verdad es que no es fácil, porque es astuta y juega silenciosamente. Hay que pasar mucho tiempo observando un texto y extrayendo lo más profundo de él para darnos cuenta de si ha enfermado de neolengua. Lo que hace, pues, es jugar tanto con el vocabulario como con la gramática de una lengua. Es verdad, que esto no es posible con todos los idiomas, por ejemplo, jugar con la gramática castellana es muy complicado, pero esto no ocurre con la inglesa o la alemana. Es más, se dice que Orwell basó sus teorías en la propaganda nazi y soviética. Por lo tanto, frases como <<la invasión rusa de Afganistán>>, existen en la vida cotidiana soviética como <<la defensa soviética de Afganistán>>.
En la última frase hemos observado un ejemplo que nos aporta el texto de Chomsky, sobre lo que sucedió con un periodista llamado Danchev (autor de la primera de las frases, la frase veraz). Este hombre fue aclamado porque llamó a las cosas por su nombre, fue valiente y se levantó contra la lengua represiva del gobierno. Porque como bien dice Chomsky, en un sistema totalitario la protagonista de la represión es la violencia, y por eso el pueblo se asusta; lo que no quiere decir que porque estemos en una democracia, no estemos sufriendo los mismos abusos. Es más, deberíamos temer a la democracia y su libertad maquillada. Sin embargo, igual de totalitaria y represiva ha sido más inteligente, y se ha cubierto de Nuevo Lenguaje para pasar desapercibida y jugar a favor de los intereses de quienes la manejan.
En efecto, no debemos pensar que este problema afecta solo a la Unión Soviética o a Estados Unidos (muy criticado por Chomsky), sino que en España, y más desde hace años con el tema de la crisis política, social y financiera (con algunos ápices de falta de moral y ética), este problema se ha agravado. Es frecuente que encontremos en los periódicos referencias como: <<desaceleración de la economía>>, <<efectos previstos de la normativa>>, o <<préstamo favorable>>. Al leer esto la primera vez, tenemos que pensar en qué nos están diciendo, porque el lenguaje no es sencillo, es “demasiado coloquial” y levantaría las sospechas de cualquiera que estuviese atento. Por eso, deberíamos decir las cosas como son y es que, <<una desaceleración de la economía>>, es una crisis económica; los <<efectos previstos de la normativa>>, son desahucios; <<los préstamos favorables>>, son rescates bancarios. Cuando lo decimos bien, y lo comprendemos, es cuando realmente comenzamos a alarmarnos.
Así es cómo nos damos cuenta de que nos están engañando, usando nuestro propio lenguaje. Pero, aunque sabemos que los estamentos superiores utilizan estas técnicas, también es posible que la neolengua surja de una necesidad más noble. Podríamos decir que un ciudadano cualquiera no encuentra palabras para describir cómo se siente y hace uso del Nuevo Lenguaje para crear una frase o palabra que le permitan expresarse. Esto es perfectamente posible, ya que el lenguaje es ilimitado y aunque nuestra memoria nos impida almacenar tantas palabras, siempre el hablante tiene la oportunidad de crear. Algunos ejemplos serían palabras como <<aplatanado>>, que utilizamos para referirnos a momentos en los que estamos cansados o no nos enteramos de lo que nos dicen. Sin embargo, aquí no hay necesidad de crear ni palabras ni frases nuevas, porque un hablante normal y corriente no tiene la necesidad de ocultar nada. Aunque, bien es cierto que cuando una madre le pregunta a su hijo: ¿Qué tal ha ido el examen?, y este le contesta, <<no tan mal>>, entonces el niño está haciendo uso de la neolengua para no decirle con palabras precisas a su madre, que lo más seguro es que el examen esté suspenso. También podemos encontrar un ejemplo en la clásica pregunta << ¿Cómo estás>>, a lo que el receptor puede contestar: <<mejor que ayer y peor que mañana>>. De esta forma, ha hecho uso de éste arte lingüístico para  esquivar la pregunta.
Como última aportación, cabe nombrar que los intereses de un hablante al usar la lengua no son los mismos que tiene la propaganda o el discurso de un presidente. De hecho, cada uno de ellos parten de funciones del lenguaje completamente diferentes: el hablante usa la función referencial, mientras que en el caso del presidente se emplearía la función apelativa. El uso de la neolengua, aunque esté a disposición de los dos, no es usada de la misma forma. Es más, la neolengua ha sido un arte prácticamente inventado por los superiores para poder hacer lo que gusten sin necesidad de enfrentarse al pueblo. Hacen que esta lengua parezca tan veraz como la propia, y por lo tanto las personas afectadas, ya con el cerebro lavado  no se molestan en pensar o preguntarse qué va mal. Así tienen la vía libre para poder silenciar al que quiere hablar más de la cuenta y para hacer sordo al que debería oír. Por lo tanto, George Orwell está en lo cierto, y este arte si ya se practicaba, ahora se practica el doble. Es una de las tantas herramientas que tiene la democracia para el control de los ciudadanos. De hecho, la palabra democracia y su definición, en sí, ya forman parte de la neolengua. 

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