viernes, 3 de enero de 2014

Antes de que marches

Estimado Señor José Antonio Perla…

He intentado comenzar esta carta de manera formal, pero me parece que no es lo mío. Así que voy a dirigirme a ti hablando en segunda persona, llamándote “abuelo”. De hecho, es así como te llamo siempre así que no sé en qué momento he decido comenzar esta carta de una manera tan formal. En fin, que a lo que iba:

Parece que este año están de moda las cartas por Navidad, pero esta carta es diferente. Es una carta que tenía muchas ganas de escribir pero no sabía cómo. Yo siempre digo que el ser humano no está solo por falta de compañía (ya que estamos siempre rodeados de gente), sino que sufre la soledad de la palabra. Tenemos tanto y tan grande… que nos faltan palabras para describir todo lo que nos rodea. Por eso, me cuesta tanto escribir una carta, dar un abrazo o un beso, o contar qué tal ha ido mi última aventura. Me faltan las palabras. Pero, sobre todo noto esta soledad léxica cuando tengo que escribir. Aunque en clase soy la más rápida en tomar las notas que dicta el profesor, no es lo mismo cuando tienes que dirigirte a un ser querido. O como en mi caso, cuando tienes que escribir  una carta. Y es que… son tantas cosas lo que describen las palabras. Son las que realmente te desnudan, las que plasman en un papel, un papiro o un cartón, lo que hay en lo  más profundo del corazón. Es más, parece que a veces ni siquiera habrá papel suficiente para escribir todo lo que querríamos decir en una carta. Y esto se debe a la falta de palabras. Es por ello, que aprovecharé el siguiente párrafo al máximo. Voy a hacer una buena combinación de palabras, puntos y comas, para expresar todo lo que quiero decir.

Querido abuelo. Mi muy, muy querido abuelo. Sigo sin saber cómo empezar a pesar de llevar escritos dos escuetos párrafos. Tengo tanto que decirte, que agradecerte. Son tantos los años de felicidad que me has dado y que yo nunca he sabido expresar. Yo sé que para ti soy la nieta primogénita, la loca que habla veinte lenguas muertas, la aventurera, deportista y viajera. ¿Pero sabes esto a que se debe? Al ejemplo que me has dado a lo largo de los años. He visto con mis propios ojos (y presumo de mi suerte) como has superado cada bache que te ha dado la vida, como has prestado atención a mil conversaciones y mil historias cuando los demás pensaban que no entendías nada, como poco a poco nos has ido formando como nietos. He vivido el amor que nos has dado desde pequeños, he visto cómo has crecido y madurado al igual que lo he hecho yo. He visto tantas cosas, y te lo agradezco tanto. Me has enseñado el amor por los viajes, las nuevas culturas y la vida. Has conseguido que sea una chica inquieta, que busque formarse y aprender hasta que la explote la cabeza. Si ya con seis años me leía todos los libros del pequeño cuarto de pintura, hasta dejabas que me los llevara a casa por lo mucho que me gustaba. Me has dado tantas cosas que me faltan de nuevo palabras para poder agradecerlo.

Eres mi abuelo, y sé que el de otros nietos. Pero me encanta poder decir: mi abuelo. Y poder estar orgullosa de todo lo que he aprendido de ti. Me has cuidado, mimado y enseñado como si fuese tu sexta hija. Has respondido a todas mis curiosidades (a pesar de que hay temas de los que cuesta hablar), y nunca te has sobresaltado cuando he sido sincera (ya sabemos que puedo llegar a ser muy bruta). Has fomentado mi creatividad y siempre has creído en mí con los ojos cerrados. Me has sido fiel, y creo que eso es uno de tus mayores valores. Que jamás abandonarías a un ser querido. Si no, ¿quién sería el Gran Jefe Perla de esta tribu de locos? Por esto, y por mucho más te doy las gracias.
Vales millones abuelo, y no te cambiaría por nada de este mundo.  Gracias por hacerme tan fuerte, valiente e independiente.

Te quiero con todo mi corazón.

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