Estimado
Señor José Antonio Perla…
He
intentado comenzar esta carta de manera formal, pero me parece que no es lo
mío. Así que voy a dirigirme a ti hablando en segunda persona, llamándote
“abuelo”. De hecho, es así como te llamo siempre así que no sé en qué momento
he decido comenzar esta carta de una manera tan formal. En fin, que a lo que
iba:
Parece que este año están de moda las
cartas por Navidad, pero esta carta es diferente. Es una carta que tenía muchas
ganas de escribir pero no sabía cómo. Yo siempre digo que el ser humano no está
solo por falta de compañía (ya que estamos siempre rodeados de gente), sino que
sufre la soledad de la palabra. Tenemos tanto y tan grande… que nos faltan
palabras para describir todo lo que nos rodea. Por eso, me cuesta tanto
escribir una carta, dar un abrazo o un beso, o contar qué tal ha ido mi última
aventura. Me faltan las palabras. Pero, sobre todo noto esta soledad léxica
cuando tengo que escribir. Aunque en clase soy la más rápida en tomar las notas
que dicta el profesor, no es lo mismo cuando tienes que dirigirte a un ser
querido. O como en mi caso, cuando tienes que escribir una carta. Y es que… son tantas cosas lo que
describen las palabras. Son las que realmente te desnudan, las que plasman en
un papel, un papiro o un cartón, lo que hay en lo más profundo del corazón. Es más, parece que
a veces ni siquiera habrá papel suficiente para escribir todo lo que querríamos
decir en una carta. Y esto se debe a la falta de palabras. Es por ello, que
aprovecharé el siguiente párrafo al máximo. Voy a hacer una buena combinación
de palabras, puntos y comas, para expresar todo lo que quiero decir.
Querido
abuelo. Mi muy, muy querido abuelo. Sigo sin saber cómo empezar a pesar de
llevar escritos dos escuetos párrafos. Tengo tanto que decirte, que
agradecerte. Son tantos los años de felicidad que me has dado y que yo nunca he
sabido expresar. Yo sé que para ti soy la nieta primogénita, la loca que habla
veinte lenguas muertas, la aventurera, deportista y viajera. ¿Pero sabes esto a
que se debe? Al ejemplo que me has dado a lo largo de los años. He visto con
mis propios ojos (y presumo de mi suerte) como has superado cada bache que te
ha dado la vida, como has prestado atención a mil conversaciones y mil
historias cuando los demás pensaban que no entendías nada, como poco a poco nos
has ido formando como nietos. He vivido el amor que nos has dado desde
pequeños, he visto cómo has crecido y madurado al igual que lo he hecho yo. He
visto tantas cosas, y te lo agradezco tanto. Me has enseñado el amor por los
viajes, las nuevas culturas y la vida. Has conseguido que sea una chica
inquieta, que busque formarse y aprender hasta que la explote la cabeza. Si ya
con seis años me leía todos los libros del pequeño cuarto de pintura, hasta dejabas
que me los llevara a casa por lo mucho que me gustaba. Me has dado tantas cosas
que me faltan de nuevo palabras para poder agradecerlo.
Eres mi
abuelo, y sé que el de otros nietos. Pero me encanta poder decir: mi abuelo. Y poder estar orgullosa de todo
lo que he aprendido de ti. Me has cuidado, mimado y enseñado como si fuese tu
sexta hija. Has respondido a todas mis curiosidades (a pesar de que hay temas
de los que cuesta hablar), y nunca te has sobresaltado cuando he sido sincera
(ya sabemos que puedo llegar a ser muy bruta). Has fomentado mi creatividad y
siempre has creído en mí con los ojos cerrados. Me has sido fiel, y creo que
eso es uno de tus mayores valores. Que jamás abandonarías a un ser querido. Si
no, ¿quién sería el Gran Jefe Perla de esta tribu de locos? Por esto, y por
mucho más te doy las gracias.
Vales millones abuelo, y no te
cambiaría por nada de este mundo.
Gracias por hacerme tan fuerte, valiente e independiente.
Te quiero
con todo mi corazón.
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