lunes, 27 de agosto de 2012

Marruecos


El medio día del 14 de agosto aterrizábamos en el aeropuerto de Marrakech bajo un calor abundante y seco que nos masajeaba los huesos. Nada más bajarme del avión supe que debía sentirme como en mi casa. Poco a poco esa sensación fue avanzando, no sé si fue por la amabilidad y las miradas penetrantes de la gente, los aromas o los colores, el sabor dulce de los crepes o la pulpa de los zumos de naranja, pero en definitiva me sentí como si hubiese aterrizado en un segundo hogar. Después de la inmersión en las distintas culturas que había tenido este verano me di cuenta de que he conseguido enamorarme, por fin. Quiero decir, no es solo por todas las personas que he conocido, ellos y ellas siempre amables y encantadores, sino también por los acontecimientos que he tenido la oportunidad de vivir. Aún sigo sintiendo el aroma a sal que me recorría el cuerpo al galopar por la playa de Essaouira, o el impacto de todas las motos, coches y calesas que no paraban de correr por la plaza Jeema al Fna en Marrakech. Por otro lado estaba el aire puro y cálido del Atlas, junto con el agua helada de las cascadas de Ouzoud. Parajes maravillosos y de ensueño han sido los que he tenido la oportunidad de conocer, y realmente, me he sentido como si estuviese volando dentro de un cuento de hadas. Sin principio y sin fin, solo detenimiento y calma, sin tiempo para pensar, sin tiempo más que para vivir y disfrutar el momento. Pero, sin duda, lo que más me ha impactado ha sido las personas que he tenido el gusto de conocer. Ya fuere en restaurantes, tiendas u hoteles, siempre había alguien dispuesto a hablar contigo con una sonrisa de oreja a oreja, sin querer más que una conversación, algo que aunque parezca raro, no suele pasar muy a menudo. Cuando por un momento olvidas el estrés que se respira en Europa, bajas a pasear a la playa y dejas que de verdad el agua fría acaricie las yemas de tus pies; cuando aprendes a despejar tu cerebro de problemas sin sentido y te molestas en escuchar a quien tienes en frente. Entonces es cuando consigues comenzar a aprender, y eso es algo que a mí me ha enseñado el ambiente de Marruecos. Sin embargo, esto no podría haberlo conseguido sin nuestros maravillosos guías, siempre habladores y simpáticos, respondiendo a todas  nuestras curiosidades a pesar de estar agotados por la dedicación que supone el Ramadán. Por otro lado estaba el regateo, esa mágica costumbre que mientras a unos puede parecerles una tarea tediosa, para mi significaba la oportunidad perfecta para interaccionar e integrarme un poco más en la cultura y las costumbres de quienes me rodeaban. Todo en un ambiente de colores tierra que poco a poco te iba envolviendo, que te dejaba como hipnotizada. Es un lugar que nunca dejaba de sorprenderte. Por las callejuelas más escondidas te encontrabas con las mujeres y sus velos, los hombres con largas barbas, los tesoros bereberes escondidos en tiendecillas y el olor a especias, ese olor inigualable y maravilloso. Como no podía ser de otra manera, Marruecos, ha conseguido conquistarme por completo. Espero volver, también espero que sea pronto, y sobre todo, espero que me recuerde.


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